miércoles, 11 de mayo de 2016

Publicado el miércoles, mayo 11, 2016 por con 0 comentarios

Camilo José Cela (1916-2002): "En España, el que resiste, gana".




Hace hoy un siglo nació en la parroquia coruñesa de Iria Flavia Camilo José Cela (1916-2002). Nacer en un lugar que conserva el topónimo romano imprime carácter. El latín, ya se sabe, da prestancia y ennoblece. No es lo mismo nacer en Mérida que en Augusta Emerita, por ejemplo. Infancia dorada que se convierte en recuerdo cuando la familia se traslada a Madrid. Contaba Cela apenas diez años. Dice el manual del perfecto escritor, que además de una plácida niñez, es necesaria una enfermedad juvenil para moldear las entendederas mientras el aspirante se va formando con la lectura de sesudos libros: durante una tuberculosis pulmonar que padece a los veinte años Cela se lee completa la obra de Ortega y la Biblioteca de Autores Españoles. Lo cuenta así en La rosa, primera parte de sus memorias: “Nuestro joven, en sus prolongados reposos, lee a Ortega entero y de cabo a rabo (…). Cuando termina con Ortega, nuestro joven devora la colección completa del Ribadeneyra: setenta tomos”. Cela escribió sus memorias en tercera persona, un ejercicio de alteridad narrativa que lo convierte en personaje de su propia obra. Esta dualidad entre persona y personaje, este juego de espejos donde no se sabe bien cuál de los dos predomina, será una constante en la vida del escritor.

La guerra lo pilla en Madrid escribiendo versos. En octubre de 1937 consigue pasar a zona franquista, vía Valencia, y engancharse al Cuerpo de Infantería. Herido en el frente e incapacitado para el ejercicio de las armas, un joven Cela de 22 años se presenta voluntario como confidente de desafectos, pues había vivido en Madrid y “cree poder prestar datos sobre personas y conductas, que pudieran ser de utilidad”. Son palabras textuales de la instancia que envió el propio Cela y que fue rechazada por el Cuerpo de Investigación y Vigilancia. Qué extraños cálculos o trasiegos mentales lo llevan a uno a ofrecerse como delator cuando la vida pende de un hilo tan fino como una sospecha, cuando un dedo que señala o una palabra que acusa se convierten en sentencias inapelables.

Terminada la guerra se emplea como censor de tercera mientras escribe La familia de Pascual Duarte, que sería censurada, valga la extravagancia del censor censurado. La aparición de una novela cruda y directa, sin concesiones al lirismo, impacta en el páramo literario de la inmediata posguerra. Se añadió un adjetivo a aquel estilo, pues ya se sabe que las novelas son poca cosa sin apellidos: se lo llamó tremendismo. En 1942 la confesión de aquel preso primario, violento e impulsivo genera un gran revuelo por su crueldad. Fue la crónica de una impostura: el régimen se escandaliza con un libro mientras las tapias de los cementerios se desconchan de muerte y las cárceles están llenas de tifus y gritos al alba. Pascual Duarte pone a Cela en lista de los que cuentan. Entre las grietas de la cultura franquista no cabía la bisoñez y había que pisar fuerte y donde fuera, sin mirar más que a los propios zapatos. Las costuras del régimen daban poco de sí, aunque algo daban, y tampoco podían durar siempre. Por esos resquicios había que colarse, unas veces saltando y otras agachándose, pero avanzando siempre. Quizás con retintín tituló sus memorias La cucaña, nombre sonoro y polisémico que daba para malas interpretaciones y que luego desapareció del título en posteriores ediciones. Cela publicaría dos libros de memorias: La rosa (1959) y Memorias, entendimientos y voluntades (1993).
   
El campo yermo y ventoso de Extremadura y los valles de La Alcarria dejarán paso a los cafés de la capital donde se arraciman plumillas y juntaletras que no esconden el desaliento ni la humillación de no poder pagar siquiera un café. En La colmena (1951) Cela nos cuenta con verdadero talento de escuchador las vidas unos derrotados para quienes la vida pesa tanto que es mejor resignarse que tratar de levantarla. Se publicó primero en Argentina y más tarde se imprimió en España para burlar la censura, que vio demasiado erotismo en algunos pasajes.
   
Entre tintas de artículos y novelas llegamos a La catira (1955), narración de frondosa lengua tropical escrita por encargo del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. A Cela le llenó los bolsillos pero desató tal discordia en Venezuela que lo que debieron ser media docena de libros se quedaron en uno solo. Menos mal que para compensar tal desafuero los benevolentes compañeros de letras le concedieron a la novela el Premio de la Crítica. Dos años después, en 1957, Cela ocuparía el sillón Q de la Real Academia Española. Para entonces había puesto un poco de mar de por medio y se había mudado a Mallorca, donde fundará la revista literaria Papeles de Son Armadans (1956-1979), una golosina exquisita y estética en la que escribieron todos o casi todos, los de fuera y los de dentro. La revista no se entiende sin el complemento del nombre: Papeles de Son Armadans era la revista de Cela como Les Temps Modernes era la revista de Sartre, aunque en aquellos años España se parecía a Francia como un huevo a una castaña. Desgraciadamente nosotros éramos la castaña.
   
Muerto el dictador se abría un tiempo de incertidumbre que parecía desmentir los versos de Gil de Biedma: ¿Y si la Historia de España no terminaba mal? Cela, tenaz y laborioso, seguía escribiendo. Las novelas se dilatan cada vez más en el tiempo: desde las Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 (1969), pasando por el experimentalismo literario de Oficio de tinieblas 5 (1973), donde demuestra una vez más sus dotes y gusto por las aventuras narrativas. Tenemos que esperar hasta 1983 para la aparición de Mazurca para dos muertos, Premio Nacional de Narrativa. A estas alturas es el más famoso de los literatos españoles: con sus exabruptos y sus ingenios verbales y escatológicos se le puede escuchar hablando de Quevedo o de Faulkner entre pedos, ladillas o absorciones anales en palanganas.
   
Y llegan los premios, como es menester, y cada premio con su camilada: en 1987 el Príncipe de Asturias de las Letras (“En España, el que resiste, gana”). En el 1989 el grande, el olimpo de los galardones: el Nobel de Literatura (“¡por fin, coño!”). Todos parecen rendir pleitesía a don Camilo menos un Ministro de Cultura que se enroca para evitar que ese gallego tan procaz añada a su sala de trofeos el Premio Cervantes. Cela tendrá que esperar hasta el año 1995 para recoger, visiblemente emocionado, aquel “premio desprestigiado y cubierto de mierda”. Por fin los tenía todos, hasta el Planeta, que lo obtuvo el año anterior por La cruz de San Andrés entre escándalos y acusaciones de plagio.
   
Siempre, siempre, esa convivencia entre el lirismo y lo chabacano alimentando un espíritu provocador y altanero, haciendo sombra (o dando luz, que hay para todos los gustos) al talentoso escritor que no hubiera sido lo mismo sin ese otro que tanto alborotaba con sus fuegos de artificio y sus lenguaraces ocurrencias.