miércoles, 13 de junio de 2018

Publicado el miércoles, junio 13, 2018 por con 0 comentarios

Sugerimos: Los demasiados libros (Gabriel Zaid)


Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Francisco de Quevedo.


Da vértigo pensar que cualquiera que esté leyendo estas líneas ha leído más libros que Cervantes, más que Montaigne, muchos más que Séneca e infinidad más que Aristóteles. La acumulación de libros se equipara, muchas veces con poco tino, con la acumulación de saber, con la inteligencia, con virtudes que poco tienen que ver con la cantidad, como demuestran los ejemplos anteriores.

El libro de papel, su posesión, siempre ha estado envuelto en un aura de prestigio que, si en ocasiones le beneficia, en muchas le perjudica. No son pocos los lectores que ya no compran libros por falta de espacio en sus estanterías, incapaces de deshacerse de los que ya tienen y sustituirlos por otros nuevos. ¿Por qué nos cuesta tanto desprendernos de un libro que no nos gusta o que ya no volveremos a leer? Las vías para el desprendimiento (o el desapego, según los términos budistas tan en boga) son infinitas: bookcrossing, donación, dejarlo en un banco, en los asientos de un tren… El abaratamiento de los costes ha hecho que un libro de bolsillo sea hoy más barato que una entrada de cine. Nadie exige, cuando sale de ver una película, que le den una copia en DVD. Si acaso, si le ha fascinado, se la comprará cuando se ponga a la venta. Sin embargo, si compramos un libro parece que hacemos una inversión en la que ponemos el alma, si no nos gusta nos lamentamos en exceso y, para colmo, lo almacenamos en la estantería. ¿Tiene esto algún sentido? No pasa nada por deshacernos del libro sin remordimiento. Fue una promesa de disfrute y no se cumplió, eso es todo. La próxima vez será. (También está el extremo opuesto: la compra compulsiva. Hay algo de fetichismo en quien compra por el mero hecho de poseer un libro que no va a leer nunca, aunque se autoengañe pensando lo contrario.)

Zaid cuenta con una prosa muy rápida y de fácil lectura, sin zizgagueos excesivos ni lamentos de plañidera. Si la primera edición del libro se publicó en 1972, las sucesivas ediciones se han ido actualizando, al menos, hasta el 2010. Las reflexiones que nos deja son de un atrevimiento notable para un ecosistema como el literario: desacralizar el valor del libro sino es como una herramienta para el disfrute y el deleite. ¿Por qué muchas veces se es incapaz de abandonar un libro a pesar de que no nos gusta? ¿Qué hace que uno se empeñe, contra toda motivación y a pesar del sacrificio, en terminar un libro? Hay un dato revelador en el libro de Zaid: una persona que lea cuatro libros por semana, 200 al año, habrá leído 10.000 en medio siglo. O lo que es lo mismo, habrá dejado sin leer el 99.9 % de lo publicado. Es para pensárselo.


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