miércoles, 27 de noviembre de 2019

Publicado el 11/27/2019 03:00:00 p. m. por con 0 comentarios

Signaturas pendientes (13): Malaherba (Manuel Jabois, 2019)

Lo reconozco, asumo mi culpa, podéis acusarme de apostasía por romper la unanimidad esnob del underground literario: a mí no me gustó El guardián entre el centeno. No me la creí cuando era adolescente porque entonces estaba flipado con las novelas de Susan Hinton y sus greasers macarras de peleas y navajas. A su lado Holden Caulfield me parecía un niño resabiado. Años más tarde volví a leerla y fue a peor (las de Hinton, lo reconozco, tampoco envejecieron bien). Los que me conocen saben que alguna polémica hemos tenido con este asunto. Creo que el ermitaño de Salinger y el asesino de John Lennon cubrieron la novela de un aura de malditismo que literariamente no se merece. (El libro está relacionado con varios asesinatos célebres y yo, la verdad, no entiendo muy bien qué tiene para inspirarlos.)

Creo que fue ese libro el que me previno contra las novelas de niños o adolescentes. Cuando llega una a mis manos lo primero que miro, con descarada pedantería literaria, es si está escrita en primera o en tercera persona. Si está escrita en primera, salta la alarma. Porque lo normal es que chirríe la voz del narrador con la del autor, que imposta el vocabulario juvenil y utiliza una literatura que hace que te preguntes si hay adolescentes que hablen así. Para salvar eso añade de vez en cuando algún latigillo del tipo "no veas" o "qué fuerte". Queda raro. Prefiero las que están escritas en tercera persona, desde fuera, para que toda la responsabilidad caiga en el narrador omnisciente, y se luzca o la cague, pero sin máscaras. 

Cuando me llegó Malaherba leí la primera página y pensé: malo, primera persona. En la página 18 hiperventilé cuando veo que es un chico de quince años quien nos cuenta los sucesos que le sucedieron a los diez. Quince años, ay. Sigo leyendo y me sorprende que el protagonista se haga llamar Míster Tamburino, Tambu, un apodo que se puso el chico de tanto escucharlo en una canción de Franco Battiato que le ponía su padre (inspirada en el Mr. Tambourine Man de Bob Dylan). Me hace gracia la anécdota. Voy notando ese cosquilleo que siento cuando me estoy sumergiendo en una historia y dejo de pensar que es una ficción porque todo lo que se cuenta me pasa a mí, y me emociono, y tengo miedo, y los recuerdos afloran para hacerme reir o hacerme daño. (Es la famosa suspensión de la incredulidad, de Coleridge). Ahora todo es dejarse llevar. Ahora Tambu soy yo.

Tambu vive con sus padres y su hermana Rebe, mayor que él. A causa de la primera muerte de su padre, desplomado en el suelo junto a los niños, Tambu y Rebe se mudan a casa de Armando, un vecino que trabaja en casa y vive con sus dos hijos, Elvis y Claudia. Papá no estaba muerto, pero Tambu y Rebe ya se quedan a vivir en casa de Armando. En la habitación de Elvis, entre el Amstrad 464 de pantalla verde y los cliks de Playmobil, nace la relación entre los dos niños. "¿Sabes por qué mis papás me llamaron Elvis? Por Elvis Karsson". Voy a internet y descubro que es el título de un libro infantil. Qué cosas. Franco Battiato y un libro infantil dan nombre a los principales personajes de la novela. La verdad es que Jabois tiene una habilidad excepcional para bautizar a todo el que aparece por las páginas: los motes de los compañeros de colegio de Tambu son para hacer un glosario del ingenio.

Elvis y Tambu se hacen íntimos amigos. A partir de su amistad cómplice y generosa, de las tardes de juegos a veces íntimos, de la crueldad sin miramiento de algunos compañeros del colegio, se construye el relato de la inocencia perdida, de los primeros tocamientos, del descubrimiento del amor. ¿Del amor? En un momento de la novela, magistralmente narrado, Elvis le pregunta a Tambu: ¿Entonces si no somos maricones, qué somos?". A estas alturas yo ya estoy entregadísmo a los dos chicos, ya no veo palabras ni párrafos, se me ha olvidado qué hora es y cualquier cursilería sobre el estilo me sobra. Ya solo paso páginas y me río con el sentido del humor cándido de los chavales y me conmuevo cuando descubro lo que ellos van descubriendo, aunque no sepan ponerle nombre.

Al terminar la novela habrá quien se quede con la impresión de que te están ocultando algo. Jabois juega con la elipsis literaria, y juega muy bien. Hay lectores un poco perezosos que abominan de estas ocultaciones y quieren que los libros no escondan nada, que cuando lean no se pierdan nunca y les adoquinen el camino para que siempre estén cómodos (una vez leí a un famoso escritor de best-sellers que la clave estaba en que el lector nunca dude y se pierda, y si hay que repetir una escena o un nombre cien veces se repite, el caso es que nuca tenga la tentación de abandonar). Obviamente aquí no puedo desvelar nada, pero puede pasar que cierres el libro, mires al techo y te preguntes: ¿Por qué se titula Malaherba? Entonces relees fragmentos que quedaron en sombra y de pronto descubres el secreto. Y al descubrirlo la explosión de luz es espectacular, la trama cobra un sentido nuevo. Estaba tan fascinado con ese juego de espejos que volví a comenzar la novela otra vez, y no sé si disfruté más con la primera o con la segunda lectura, encontrando significados, descubriendo que las palabras no eran inocentes, que nos estaba contando mucho más de lo que parecía. Me quedo admirado ante la habilidad de Jabois para narrar lo que pasa sin necesidad de hacerlo explícito. Es prodigiosa.

Y así fue como este lector, que empezó la lectura con reservas, terminó leyendo el libro dos veces seguidas. Lo siento, Caulfield, me quedo con Tambu.

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