jueves, 20 de diciembre de 2018

Publicado el jueves, diciembre 20, 2018 por con 0 comentarios

Esa gente rara que escribe (2): William Faulkner a mi manera


Me van a permitir un pequeño ejercicio metaliterario, ahora que está tan de moda: la verdad es que hasta hace unos instantes no sabía de qué iba a escribir en esta entrada. Había tomado algunas notas, hecho algunos borradores horrorosos que tiré a la basura, pero no concluí sobre qué, o mejor, sobre quién escribir. Como el título de la campaña se llama Esa gente rara que escribe, comencé a pensar en gente rara que escribe para ver qué pasaba. Y pasó que se me aparecía insistentemente la imagen de William Faulkner en calcetines. Por más que intentaba pensar en otra cosa, esa imagen no me dejaba en paz, así que no me ha quedado más remedio que rendirme a ella. 

Busco en internet “William Faulkner escribiendo” y la encuentro al fin. En la fotografía aparece el escritor en una hamaca, con la máquina de escribir frente a él, apoyada en un cojín sobre una mesa baja. Descubro que las fotografías (hay varias parecidas) fueron hechas mientras escribía un guion para la Warner Bros, en California, a principios de los años cuarenta. El dandi Faulkner, conocido por su afectación en el vestir, lleva unos pantalones cortos y unas gafas de sol. Se intuye que hace calor, pues no lleva camiseta. A mí la vista se me va irremediablemente a unos gruesos y largos calcetines de lana, me hipnotizo mirándolos. Me doy cuenta de que vi la fotografía hace muchos años y sin embargo el influjo de los calcetines de lana sigue intacto como la primera vez. Me ha perturbado un poco el que me haya venido a la mente, sin querer, la Eva Nasarre de mi infancia (los de la LOGSE podéis preguntar a vuestros padres quién es Eva Nasarre, les hará ilusión el momento vintage). Me doy cuenta también de que sé cosas de Faulkner que ni siquiera intuía que sabía. Me desconcierta. Sigo el hilo de mis pensamientos y continúo escribiendo, a ver qué pasa. 

Recuerdo que leí una semblanza de Faulkner en Vidas escritas, de Javier Marías. Me resisto a ir a por el libro a la estantería porque quiero que esto sea lo menos ortodoxo posible. Allí se contaba, estoy casi seguro, que Faulkner fue despedido de una oficina de correos porque tiraba las cartas a la basura. No soportaba que le molestaran mientras estaba leyendo y terminaron despidiéndolo. 

Me acuerdo también de que leí a Vargas Llosa decir que Faulkner había sido el primer escritor al que había leído con lápiz y papel. A mí aquello me sorprendió mucho, así que cogí La ciudad y los perros, la primera novela del peruano, y la autopsié como un forense literario, con lápiz y papel en vez de escalpelo y tijeras. Descubrí, para mi sorpresa, que las novelas eran como Mr. Potato: puedes poner cada cosa en su sitio (es decir, un planteamiento, un nudo y un desenlace), pero resulta que si pones una oreja donde va la nariz, o un bigote donde va una oreja, aquello adquiere propiedades casi milagrosas. Me asusté un poco ante semejante revelación, aunque me fui calmando con el tiempo. 

Otra vez leí a Antonio Muñoz Molina decir que a Faulkner había que leerlo en las traducciones de José Luis López Muñoz. Creo que hasta entonces no había prestado demasiada atención a las traducciones y me confundió aquella afirmación. Así que fui a una biblioteca y cogí tres versiones de La metamorfosis, de Kafka. La primera frase, una de las más conocidas de la literatura, era diferente en las tres. Me aterroricé al pensar qué había estado leyendo hasta entonces. Concluí que, si es verdad eso de que la lectura es una comunión íntima entre el escritor y el lector, en los libros traducidos éramos tres los que estábamos mancomunados, un ménage à trois literario. Me senté en una silla porque me faltaba el aire, el corazón me latía muy deprisa y comencé a sudar copiosamente. Creo que aquello me causó un trauma que revive cada vez que leo un libro traducido. 

Recuerdo que un amigo me dijo una vez que William Faulkner era el escritor más sobrevalorado en la historia de literatura universal. Le respondí que no sabía, que para mí ese puesto lo ocupaba clarísimamente Salinger, y ahí quedo la cosa. Rescato ahora aquel episodio involuntariamente, ya he dicho que no controlo las cosas que tienen a bien asomar a la conciencia. 

Si me pongo a pensar (ahora sí, voluntariamente), me doy cuenta de que Faulkner (1897-1962) no es uno de los escritores que más he frecuentado. De memoria, creo que he leído El ruido y la furia (o El sonido y la furia; Dios mío, las traducciones), Mientras agonizo y Santuario. Sé que Santuario la releí por eso del episodio de la violación con la mazorca de maíz, suceso que en realidad nunca se cuenta en la novela, pero que por lo visto es el cráter de la narración. Me acordé de lo del iceberg que decía Hemingway, eso de que un relato es como un iceberg en el que solo asoma la punta mientras que lo importante, lo que lo sostiene, permanece oculto. Me doy cuenta de que no me he llevado bien con las elipsis literarias. Las elipsis son esos momentos que no se cuentan pero que son muy importantes, si consigues descubrirlos. La posibilidad de que pueda tener un nivel de comprensión lectora medio-bajo me entristece, aunque lo asumo con entereza. 

Sé que a Faulkner le dieron el Premio Nobel de Literatura, pero no sé en qué año. Lo digo aquí porque el hecho acaba de aparecer, inopinadamente. 

Son tantas cosas..., pero tengo que terminar ya. Un último recuerdo: Amanece que no es poco, la película de José Luis Cuerda. Busco el pasaje en internet, lo vuelvo a ver y casi se me saltan las lágrimas. José Sazatornil, Saza, uno de los más grandes actores jamás hallado, recriminando a un escritor del pueblo haber plagiado a Faulkner: ¿usted no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por “fulner”? Sencillamente magistral.

© de las imágenes: Alfred Eriss (Getty Images)

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