miércoles, 30 de enero de 2019

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Signaturas pendientes (9): El dolor de los demás (Miguel Ángel Hernández, 2018)


“En la Nochebuena de 1995, el mejor amigo de Miguel Ángel Hernández asesinó a su hermana y se quitó la vida saltando por un barranco. Ocurrió en un pequeño caserío de la huerta de Murcia”. Nunca leo la sinopsis de un libro antes de leerlo. Solo después, para comprobar si lo que se dice se corresponde con el libro o es una forma de enganchar al posible lector con frases grandilocuentes. A veces se corresponden. Muchas otras no. En este caso no lo sé. La primera oración, descarnada e informativa, me ha parecido perfecta en su construcción: sujeto, verbo y predicado con los complementos imprescindibles de tiempo y lugar. El resto de la sinopsis ya entra en subjetividades con exceso de adjetivos, propio de cualquier texto de este tipo.

Hubo un tiempo en que uno de los mayores errores que se atribuía a los lectores despistados era confundir al autor de una novela con el narrador. Es lo mismo, decían los más atrevidos. No, no es lo mismo. Sin entrar en disquisiciones filológicas, el narrador es quien cuenta la historia, una especie de alter ego del verdadero autor de carne y hueso, con el matiz imprescindible de que lo que cuenta el narrador no tiene por qué coincidir con lo que piensa el autor. Pero sucede que, de un tiempo a esta parte, con la manía de la autoficción o literatura del yo (donde el narrador toma los nombres y apellidos del verdadero autor), ya no sabe uno a qué atenerse. Las cosas se han complicado muchísimo.

“En la Nochebuena de 1995…”, decía. Veinte años después, Miguel Ángel Hernández retoma el siniestro episodio que marcó su infancia y escribe este fantástico libro que podemos considerar novela porque lo dice el sello editorial. Los hechos son tan reales que incluyen reportajes en televisión y prensa, atestados policiales y judiciales. Pero la narración es tan personal que solo un novelista podría alejarse del reportaje para contar lo que pasó. O mejor, lo que le pasó, pues la novela es una confesión a dos tiempos: una narrada en segunda persona (el término medio entre la cercanía de la primera y la distancia de la tercera) que nos remite a 1995, de fraseo corto y un dramatismo que escuece al adolescente que mira lo que ha hecho su amigo; y otra confesión que nos trae al presente y a la primera persona y que nos cuenta cómo se va escribiendo la novela.

En esta parte, más extensa, el autor (¿narrador?) se interroga sobre cómo escribir una novela como esta sin que los daños colaterales que conlleva no se lo lleven a uno por delante. El daño para uno mismo, el desgarro del recuerdo y su recreación muchos años después, pero sobre todo el daño a los demás, el dolor de los demás (el título dice más de la novela que cualquier reseña). Escribir es exponerse, y quien escribe sabe que el peaje hay que pagarlo. ¿Pero qué pasa con quien no pidió estar ahí? ¿Cómo afecta a los familiares del amigo fratricida el hecho de revivir un hecho tan trágico? Las implicaciones éticas de la narración son la parte más interesante de la novela, el intento del narrador (¿autor?) de justificar lo que quiere contar. Porque esto no es un thriller: los hechos aparecen en las primeras páginas, el suceso está descubierto (aunque la palabra se mencione en la contracubierta del libro). El porqué de los hechos, la búsqueda de cómo su mejor amigo pudo hacer algo tan monstruoso, esa ya es la historia que conviene leer para descubrirla.

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